Había una vez un amor... Un amor que surgió con ganas, con ilusión de llegar a ser grande, que atravesó desiertos de soledad, que combatió la angustia de no tener nombre, de estar en la sombra, a pesar de ser luz. Pero ese amor solo pudo alimentarse a sí mismo con la ilusión, con la imaginación de un hada rosada bailando como un trompo de gasa invisible y etérea, con la sutil música que emanaba de sus giros. Hasta que la ilusión- hada- trompo como una pompa explotó tropezando con la opaca y desalmada realidad. Este amor no llegó ni a los gemidos del parto, quizás porque nunca había atravesado el canal y sólo existía en la voluntad de la deseosa ingenuidad. Por eso hoy le doy nombre, le dedico lugar en mundo de lo físico, con letras que son símbolos, lo envuelvo en su dulzura, porque nunca le faltó, y lo envío al infinito con la genuina intenci...
Noche que reza desparramo de blancas estrellas murmuro un canto sin gracia alguna me prefiero así en soledad escondiéndome bajo mi almohada demasiada luz afuera aquí dentro la oscuridad soy yo.
¿Y si dejamos de ponerle nombre a las cosas, los hechos, las situaciones? ¿No tendrá la vida otro tinte? En el carmesí brillante vive la rosa y el tulipán, pero también la sangre. En el oscuro azul los peces se mueven con o sin luz, y en el oscuro azul persisten incendiadas las estrellas. En el verde respiran las plantas rebosantes de savia pero también las ranas y las iguanas. Puedo fijarme en el rojo, el azul o el verde, o puedo llamar a las cosas con un corriente nombre. Desplegar la paleta de vivos o tenues tonos y dejar que la Vida pinte a su antojo, sin condiciones.
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